Este libro contiene relatos de carácter policial que el autor escribió en el año de 1.994 en Playa Grande , Catia La Mar , municipio Vargas, Venezuela . Único en el Mercado. Crónicas Policíacas es la historia de situaciones vividas por uno de los personajes del libro que combina la narrativa realista con toques de ficción, creando relatos que a menudo trascienden los hechos mismos, que pueden variar desde la descripción detallada de casos policiales hasta la exploración de sicologías complejas , ofreciendo así una mirada más amplia sobre la sociedad y la condición humana de la que ha sido víctima; mientras que otros se envanecen con sus actos, lo que enriquece la prosa y desafía las expectativas del lector. Estas historias, entrelazan la realidad con la ficción, e invitan a la reflexión sobre temas como la justicia, la moralidad y la locura, proporcionando una ventana a los aspectos más oscuros y complejos de la mente humana. Así también el comisario Rincón – uno ...
Bogotá me recuerda a la ciudad que luego de Ibagué y Caracas es la que más he vivido y que me dejó gratos recuerdos, así como también grandes frustraciones; y aún así ha sido como la de donde escribo, una ciudad muy especial a pesar de que se hable de los grandes peligros que conlleva el vivir allí, y que confieso no los sentí tanto, sino por la situación calamitosa y de desarraigo que he sentido en lo personal, y que pudo suceder en cualquier otra población, y todo por una serie dc conspiraciones y de problemas en donde se cuecen hostilidades de policía. Una ciudad como cualquier otra de Colombia o de un pueblo, pero que la gente busca por su historia y tradición, a diferencia de otras grandes capitales del mundo que está en el interior, y no en la costa de nuestros dos mares que limitamos. Sí. Estaba muy niño cuando la conocí en medio de unos trámites que no entendí con mi papá y la enfermera que me ayudó a llegar a este mundo, en unas oficinas de un segundo piso que existían por la avenida Jiménez llegando a la Décima, y que después seguiría yendo de visita cada año en época de vacaciones, cuando iba a visitar una tía hermana de mi papá. Y Bogotá era desconocida y atractiva. Las calles del centro, tan inconfundibles como sucede en las grandes urbes, llenas de gentes en un ir venir, tanto así que en la décima se hacían los limosneros a pedir lo suyo en sus sitios que parecían de ellos, porque se sabía quién se hacía allí o allá, los lugares públicos que hoy son famosos de las mujeres que se hacían a lado y lado de la calle en espera de algún transeúnte despistado, o que iba a propósito a buscarlas, los billares que existían, y algunos todavía están ahí mismo donde los conocí, como el Partenón en la Cra.13 con Jiménez, y mucho antes de que se levantara el edificio Lara, las calles antiguas donde funcionó después La Panamericana en su intento por tomarse el punto que todavía existe de la fábrica de Empanadas que hay en toda la esquina de la diez con 13, los teatros de cine que como el Faenza, el Ponce, el Lux y unos años después el teatro México, sin contar con uno que quedaba adonde hoy está Cocorico por la Caracas con 12, y cuando se tomaba como sitio fundamental en donde funciona el San Andresito al lado de aquel hospital famoso San José, la plazoleta del Parque España y todo lo que constituye hoy un amplió comercio al lado de los sectores antiguos de San Victorino, y las calles famosas de La Candelaria en donde pululaban y abundan estudiantes e intelectuales, y gentes de todos los pelambres por esas calles en donde está el Santa Bárbara, y tantas otras que nos dejan la nostalgia de vivir en una ciudad que parecía no tener rostro sólo por los cachacos de antaño que por su educación y forma de saludar nos dejaban lelos por la finura de su hablado, y los compañeros de universidad a donde se iba más que a eso, al entorno de las amistades y el saboreo de las noches en cafetines populares que hoy han desaparecido con el tiempo, y que solo quedan los recuerdos como el de la calle 10 entre la Diez y la Caracas adonde un conglomerado de gentes pasaban por allí con frecuencia por los negocios que habían, y porque en aquellos sectores aledaños estaban los paraderos de los buses intermunicipales en los que podíamos ir a cualquier parte del país; las bibliotecas famosas de La Luis Ángel Arango en pleno centro y con limites de lo que es La Candelaria, y La Nacional al norte por la 23 o 24 con 7a. en donde aprendimos tantas cosas con los conciertos y las tertulias que nos permitían estar al día de los acontecimientos culturales, o de los teatros como después sería el de la Media Torta cuando íbamos a Monserrate, en unos domingos acogedores en los que discurríamos después al planetario, o la Cinemateca Distrital, que frecuentamos muchos años al lado del teatro Colombia cuando allí dejó de funcionar el café Colombia, y tantas otras cosas que quizá algunos ellos solamente quedan en los recuerdos, lo mismo que las plazas de mercado que tienen fama en pleno centro como la de Paloquemao, o la de la calle 19 tan antigua como la misma ciudad, y donde se consigue todas las yerbas naturales que se usan en el comercio del país, y que funciona todo el día y noche los fines de semana, y muy cerca de donde se distribuye el pescado mayorista desde mucho antes que existiera Corabastos que se extendió también al norte Bogotá, y muy cerca de ese otro emporio de comercio como lo es Usaquén y sus alrededores; así también San Cristóbal norte que se creció tal como sucedió con Suba en donde existen poblaciones de alta vulnerabilidad, o como en el sur en que las barriadas de antes son irreconocibles, pero que como población aflora por ser una de las ciudades más cosmopolitas de América Latina y del mundo. Esa es Bogotá, la ciudad que queremos más que otras.
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